Ejecutiva del Hogar, Esposas, Familia

Aprendamos a VALORAR

junio 9, 2009
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Esta es un recuento cómico de lo que muchas veces nos sucede en diferentes versiones.

Estaba un hombre a la orilla del camino sentado en una piedra. Se veía triste, casi a punto de soltar el llanto. Así lo encontró su amigo de toda la vida, quien preocupado al verlo en tal aspecto, le preguntó el motivo de su situación tan deprimente.

-¡Ay! -contestó sin esperanza- ¡Mi mujer ¡Mujer! ¡Ya no puedo más con ella!

-No digas eso, mejor platícame ¿qué sucede?, a lo mejor te puedo ayudar.

Después de limpiarse sus ojos todos llorosos, empezó con su relato.

-Mira, tú sabes que somos muy pobres y en nuestra humilde casa la única forma de acompañar los frijoles es con un pedazo de carne que tengo que conseguir yendo de cacería al monte. Me tengo que ir con mi vieja escopeta, pasar varios días de sufrimiento, salvándome de los peligros del monte; esquivando víboras, al tigre y la onza; soportar la terrible comezón que me producen las garrapatas y picadas de moscos; y por si esto fuera poco, aguantar el frío y la soledad de las noches. Luego, por fin, si logro cazar un venado, todavía tengo que cargarlo hasta el rancho y subir la cuesta de la loma hasta donde está mi casa.

Todavía no he terminado de llegar, cuando aparece mi señora con el cuchillo en la mano e inmediatamente empieza a repartir el venado entre vecinos y familiares. Que una pierna para doña Juana, que otra para doña Cleo, que este lomito para mi mamá, etc. A los dos o tres días, allí voy otra vez de cacería. ¡Pero ya me cansé y esta noche me marcho!

Su amigo, después de meditar un momento le dio una solución:

-Invita a tu mujer a cargar el venado.

-¿¡Qué!?

-Sí, sí. Mira, no le digas que ella va a cargar el venado. Mejor píntasela bonito. No le hables de las espinas ni los peligros, ni del frío ni del calor. Dile que la invitas a la cacería para que disfrute de los bellos paisajes, del esplendor de las estrellas que te cobijan en la noche, de los manantiales cristalinos que reflejarían románticamente sus imágenes, de sus exquisitas aguas, del aire fresco del monte, lleno de oxígeno, de la graciosa manera en que camina el venado como si fuera un bailarín de ballet, del dulce canto de los grillos y los pajarillos silvestres, en fin.

A él le pareció muy buena idea y siguió el consejo. Por supuesto que la convenció. La mujer entusiasmada, se fue con la falda larga hasta el tobillo. Al cruzar el primer río, parte de la falda se le quedó desgarrada entre las púas. La blusa le quedó toda manchada. El calzado se le rompió por los difíciles caminos. Las plantas y el zacate los traía por todo el cuerpo. El sol le quemó la piel. El pelo se le maltrató. Las manos le quedaron encallecidas al abrirse paso entre el espeso monte. Estuvo a punto de sufrir un infarto al toparse con una enorme víbora. Muerta de hambre, su imagen parecía sacada de un cuento de ultratumba.

Por fin y después de tantos martirios, un día encontraron al venado. Ella tuvo que contener el aliento y el hombre sigiloso, con la astucia y agilidad de un gato, se acercó a su presa y con la mirada de un lince localizó el blanco y… ¡BAM! Mató al animal. La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.

-Ahora mi amor, quiero que cargues el venado a casa -le dijo su esposo..

La mujer casi se desmaya frente a la desconocida mirada asesina de su marido, pero ante la desesperación por regresar a su hogar, no tuvo aliento ni para replicar y cargó el venado hasta su casa, cruzando veredas y montañas. Muy cansada, no pudiendo casi caminar, llegó y depositó el animal en la sala de su casa. Los niños, junto a sus amiguitos, salieron a recibir a sus papás cazadores y acostumbrados a la repartición, le dijeron a su mamá con alegría:

-Mamá, apúrate a repartir el venado porque la mamá de Juanito ya está desesperada.

-¿Qué pedazo le llevo a mi tía?, le dijo otro.

La señora, tirada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza y con absoluta determinación, les gritó:

-Este venado no me lo toca nadie y tú Juanito, ve y dile a tu mamá que si quiere comer venado, ¡que vaya a cazarlo…!

REFLEXIÓN:
Para valorar el esfuerzo ajeno y respetar en su real dimensión el trabajo de los demás, todos debemos aprender a “cargar el venado”.
La experiencia adquirida con el paso de los años nos ha enseñado que sólo se valora aquello que se ha adquirido como resultado de nuestro trabajo, y que sólo cuidamos aquello que nos ha costado esfuerzo, sudor y sacrificio.

 

foto por southarmstudio

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6 Comments

  • Reply marcos junio 9, 2009 at 12:49 pm

    super excelente

  • Reply orquideablanca junio 9, 2009 at 1:08 pm

    @Marcos – pienso que no solo tenemos que valorar el trabajo duro de nuestros esposos, sino de nuestros padres tambien.

  • Reply Elsa D. junio 9, 2009 at 8:02 pm

    Que bueno esta…
    Y es muy cierto! Cuando estabamos pequeños recuerdo que muchas veces mi papa nos llevaba a su trabajo los fines de semana o en vacaciones, para ver que es lo que el hacia, mis hermanos mayores incluso trabajaron varias vacaciones alli.
    Y mi mama, cuando tenia el negocio en la casa de los queques y la comida siempre nos involucro a todos aunque fuera a forrar cartones para los pasteles! Sin duda eso te marca a ver el sacrificio que requere el trabajo.
    Gracias Karisa por compartirlo.

  • Reply orquideablanca junio 11, 2009 at 9:03 pm

    @Elsa – Que super bien ejemplo el de tus padres! Tuvieron mucha visión para dejar esas semillas plantadas en todas las vidas de Uds. Y a bendición mas grande es cosechar el fruto! Gracias por compartir 🙂

  • Reply Bessy B. Molina julio 6, 2011 at 7:31 pm

    Hermosa reflexion y mas que esto, compromiso para ensenarle a nuestros hijos el valor y no precisamente del dinero en si, si no del sacrificio y esfuerzo por obtenerlo…

  • Reply Emily Palumbo agosto 11, 2012 at 5:58 pm

    Muchas gracias por ese ejemplo, nos ayuda a enfocarnos, a poder valorar y cuidar lo que tenemos.

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